La universidad ante lo nuevo

FIDELIDAD E INNOVACIÓN

En contra de lo que una superficial dialéctica podría llevar a suponer, innovación y fidelidad no son actitudes contrapuestas, como el propio Josemaría Escrivá subraya en una de las entrevistas contenidas en el volumen de sus ‘Conversaciones’. La libertad humana no es utópica sino tópica, nunca se presenta como temporalmente exenta sino como históricamente encarnada. Por eso no cabe desplegarla plenamente por la simple aplicación de un esquema abstracto y estererotipado, sino que la fidelidad a la misión recibida requiere imaginación, espontaneidad, iniciativa, agilidad de decisión, juventud interior. No hay prontuarios ni recetas para enfrentarse a coyunturas que, por definición, siempre son inéditas.

Si esto es válido para cualquier territorio vital, resulta de especial vigencia en el ámbito universitario. Porque la Universidad guarda una relación esencial con ese tipo de realidades que una y otra vez recaban el calificativo de nuevas. La historia intelectual de Occidente nos enseña que, cuando las universidades se han olvidado de que la innovación es su más característica seña de identidad, han caído en un academicismo rancio, en una prepotencia orgullosa y hueca que las ha vaciado de contenido y ha oscurecido su misión, hasta el punto de que han llegado a ser socialmente irrelevantes. En cambio, cuando han sabido estar “en el mismo origen de rectos cambios que se dan en la vida de la sociedad” -según la expresión del propio Josemaría Escrivá-, se han situado en la vanguardia de la historia, han estado en la rompiente del conocimiento nuevo, y se han ganado el reconocimiento del liderazgo que les corresponde en el terreno de la auctoritas, del saber públicamente reconocido, como dice el maestro Álvaro d’Ors.

El amor por la tradición no es en modo alguno incompatible con el afán de progreso. Porque una tradición que no se renovara mostraría a las claras que está muerta, y sería entonces una carga mostrenca que hubiera que arrastrar sin saber por qué. De otra parte, el progreso es imposible si no surge de una historia pujante que florece en brotes nuevos como muestra de una vitalidad incontenible. Según señaló Hannah Arendt en su obra ‘La vida del espíritu’, si la idea de progreso pretende implicar algo más que un cambio de las relaciones y un mejoramiento de la realidad, contradice el concepto kantiano de dignidad de la persona humana (porque intentaría conducirnos más allá de lo humano, es decir, hacia lo inhumano). La paradoja de lo nuevo, que para serlo realmente no puede ser del todo nuevo, podría quedar expresada por la concatenación de tres sentencias de pensadores románticos alemanes. Schiller advertía: “Vive tu siglo, pero no dejes que te convierta en su criatura”. Mientras que Goethe apuntaba: “El siglo está avanzado, mas cada uno debe empezar de nuevo”. Y, finalmente, Schleiermacher escribió: “Comenzar por el medio es inevitable” (Anfangen in der Mitte, ist unvermeidlich).

Las vicisitudes de la cultura contemporánea nos han llevado a redescubrir el papel central del concepto de tradición. Baste recordar al recientemente fallecido Hans Georg Gadamer. Bien entendido que la relevancia de la tradición sólo es viable si logramos liberarla de su cárcel tradicionalista. Como han advertido entre otros Robert Spaemann y Alasdair MacIntyre, el tradicionalismo conservador no es sino una imagen especular del progresismo liberal. Ambas líneas de pensamiento son deudoras de un malentendido acerca de la índole de la historia humana. En cambio, la genuina idea de tradición está arraigada en la compleja y plural realidad de los caminos que llevan a los hombres a perfeccionarse a sí mismos, al tiempo que perfeccionan las obras de su mente y de sus manos.

La tradición es el lugar natural de la palabra cargada de sentido, esa difícil palabra verdadera que la Universidad busca con denuedo y cultiva amorosamente. Fuera de un ambiente fértil, en la intemperie cosmopolita y atemporal de la neutralidad racionalista, la palabra se desangra, palidece y acaba por perder su vida propia. Ya no es vehículo del pensamiento e instrumento de comunicación, ya no es signo vivo de “presencias reales”; se reduce a su funcionalidad informativa, pierde su dimensión subjetiva y su significado histórico.

Hace más de un siglo, Nietzsche afirmó lúcidamente en ‘El ocaso de los ídolos’: “Temo que no vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática”. Hoy, cuando navegamos en aguas más someras, casi nadie recuerda ya esta interna vinculación entre el cultivo sabio del lenguaje -es decir, las humanidades- y la capacidad de la persona humana para escuchar la Palabra que revela y que salva. La manipulación del lenguaje corre pareja con el rechazo de aceptar un mensaje revelador en el que se contiene el paradigma de toda narración. Cuando, en realidad, sólo desde él se hace posible la superación del relativismo cultural y la reposición de una idea universalista de matriz no dialéctica ni ilustrada, sino metafísica y teológica.

La lealtad a la identidad propia no debe confundirse con un conservadurismo a ultranza, incapaz de distinguir la savia fluida de la corteza reseca. Apegarse al detalle accidental, simplemente porque antes se hizo así, muestra que la fidelidad a la misión institucional comienza a vaciarse y va siendo sustituida por la estolidez.

No es casual que John Henry Newman, el pensador contemporáneo que mejor ha entendido la esencia de la Universidad, sea también el teólogo de la historia que comprendió con una sagacidad extraordinaria la diferencia entre la falsa y la verdadera tradición. Tal diferencia viene dada porque la tradición auténtica es capaz de evolucionar de manera homogénea y renovarse para dar cabida a su propio desarrollo interno y a las cambiantes vicisitudes del entorno cultural y social; mientras que la falsa tradición es la que detiene su devenir en una especie de corte temporal, mitificando un presente cualquiera, llamado -como todos los demás- a ser absorbido por el pasado.

Según vislumbró T. S. Eliot, donde el tiempo pasado y el tiempo presente se dan cita es en el tiempo futuro. Primacía antropológica del futuro que viene avalada por la metafísica finalista aristotélica y por la contemporánea comprensión de la persona en términos de proyecto. No es el hombre -ni ninguna de sus creaciones culturales- cosa acabada o suceso cumplido. El hombre es el protagonista de la innovación. Y la principal capacidad de inauguración humana no se refiere a productos externos a él. La creatividad de la persona se refiere a la persona misma, a su proyecto de ser, que es para Heidegger más propiamente humano que el ser que ya se es. El hombre utiliza su potencialidad de innovación para recrear su propio ser. El acto creativo se refiere primordialmente al propio y personal proyecto de ser.

Si la lógica antigua gustaba poner como ejemplo a “Sócrates sentado”, la sabiduría cristiana ha solido comparar la humana condición con el ‘status viatoris’, con la situación de quien está volcado hacia la meta que tiene por delante, sin preocuparse en exceso por el camino que lleva recorrido. El tramo importante de la trayectoria vital es el que falta por recorrer.

La innovación exige, sobre todo, anticiparse. Lo que se requiere para tal anticipación no es sólo conjeturar el preciso momento de emprenderla sino el arrojo de llevarla a cabo. Arrojo que tiene como contrapeso, no ya la cobardía, sino la humildad, porque el anticiparse exige muchas veces contener el ansia de prevalecer sobre otros, moderar la precipitación y situarse en una posición de aparente inferioridad. El que quiere encontrarse siempre a la cabeza de la carrera no suele ser el que llega a estarlo cuando de verdad interesa: en la meta. No debería extrañar que la creatividad tenga como requisito la humildad, ya que el propio Cervantes dijo de ella algo que gustaba recordar al Fundador de la Universidad de Navarra: que la humildad es la base y fundamento de todas la virtudes y sin ella no hay ninguna que lo sea.

Para la Universidad, el nombre actual de la fidelidad a su propio proyecto es innovación. Esta exigencia puede resultar incómoda para la “razón perezosa”, dispuesta a repetirse ‘ad nauseam’ con tal de no realizar el esfuerzo de pensar algo nuevo. Pero es la única forma efectiva de que la institución académica llegue -cada vez más- a ser ella misma.

Tomado de la Universidad de Navarra
Publicado por Francisco Capalbo

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